martes, 13 de abril de 2010

poemas del alma 4

Ausencia
Aunque jamás mi corazón abriga
miedo al dolor ni se rindió al quebranto,
hay una herida en mi alma que me obliga
a humedecer mis párpados en llanto.
¡Qué débil soy! En vano he procurado
callar la voz que en mi interior resuena;
esa voz de las tumbas que ha brotado
en una noche de recuerdos llena.
¿Te acuerdas de esa noche? Conmovida
me mirabas, hablando de ventura,
y borrabas del libro de mi vida
con tus besos las hojas de amargura.
¿Te acuerdas? ¡Cuántas ilusiones bellas
formaron la luz de nuestro anhelo!
¡Cuántas frases oyeron las estrellas
sonar cruzando la extensión del cielo!
Solos los dos, amándonos ardientes,
sin más testigos que la blanca luna,
que alumbraba, bañando nuestras frentes,
dos existencias palpitando en una.
Amándonos los dos con la creencia
de nunca separarnos en el mundo,
sin esta tempestad en la conciencia
que torna en llanto nuestro amor profundo.
De aquella noche que dejó en nuestra alma
una historia de amor y desvarío,
parece hoy que la atmósfera de calma
vuelve a juntar tu corazón y el mío.
Me acuerdo de las nubes azuladas
en el brillante cielo suspendidas,
de tus horas de lentas campanadas,
de tus promesas dulces y queridas.
Me acuerdo de tu aliento soberano,
que abrasaba mis labios con su fuego,
y de tu mano que estrechó mi mano
como queriendo contestar a un ruego.
Y hoy, ausentes, sin vemos, sin que pueda
oír tu voz ni contemplar tus gracias,
sin enjugar la lágrima que rueda
de cada una de todas mis desgracias.
¡Ay! Ven, que rompa tu pasión los velos
que hoy nos apartan, y mi angustia cese;
ven, yo haré de cada astro de los cielos
un ángel que te cuide y que te bese.
No consientas que sufra; yo te llamo;
ven a alumbrar mi lóbrega existencia;
tú sabes que soy tuyo y que te amo
como el único Dios de mi conciencia.
Tú, la amorosa y única testigo
de mi honda pena y de mi suerte impía,
ven, porque sufro, ven, y halle contigo
dulce consuelo en la desgracia mía.
La flor de nuestro amor guarda en su broche
un mundo de pasión y bienandanza;
ven, y encendamos como aquella noche
un nuevo astro de amor y esperanza.

Cuando esté lejana
Búscame en todo cuando esté lejana.
Me hallarás en tu voz y en tu mirada,
me hallarás en la sombra de tus pasos,
en la caricia musical del aire,
en el sonido fiel de la campana.
En los fulgores de la luz que llega
y despierta el color en el paisaje.
En el perfume que la tierra invade
cuando viene creciendo la mañana.
Mira a tu alrededor. Mira los árboles
y la lluvia en las hojas, mira el agua.
Oye venir mi voz por el camino
que se tiende a la tarde como un brazo.
Estaré allí, perdida entre tu mano,
forma de amor sin tiempo ni distancia.
Me llevarás en ti calladamente,
sin nombre ya, ni olvido, ni esperanza.

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les envio un beso
edith